claves de la transformacion
13 Sep. 2021

Las claves de la transformación son analógicas

 

«Jamás habíamos vivido en un mundo tan ligero, fluido y móvil», escribe Gilles Lipovetsky en De la ligereza. «Nunca la ligereza había creado tantas expectativas, deseos y obsesiones». Hoy en día, delgado resulta preferible a gordo, liviano a pesado, móvil a fijo. Lo nuevo se convierte enseguida en caduco y se descarta pronto como obsoleto.

La pulsión por lo ligero se extiende también al mundo de la empresa. No es suficiente que la innovación se haya convertido en un imperativo, se le exige además que sea lean (¡qué mal suena la traducción a innovación magra!). Como muchos planes de negocio no resisten el contacto con el mercado, toca demostrar la flexibilidad de pivotar, aún a riesgo de que alguien saque a colación la famosa cita sobre principios atribuida a Groucho Marx. La expectativa de ligereza se aplica también a las empresas ya consolidadas, a las que se pide agilidad para responder a cambios cada vez más frecuentes en las demandas de los clientes, en las reglas de competencia en el mercado y en la aparición de nuevas opciones tecnológicas. 

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Límites de lo digital

Resulta tentador, pero engañoso, considerar la extensión de lo digital como la causa de la ligereza, la fluidez y la movilidad a las que se refiere Lipovetsky. Lo digital es una herramienta cuyo uso generalizado no contribuye más ni menos que otras a una sociedad más ligera, más fluida o más móvil. 

Todo lo digital es el resultado de una creación humana y, por lo tanto, de una voluntad movida por algún tipo de creencia, objetivo o intención. En el origen de lo digital hay siempre una una realidad analógica. Eso es evidente cuando se trata de una fotografía o de una grabación de video, pero también es así cuando se utiliza un software para crear un documento de texto, una composición musical, una realidad virtual, la recomendación de un programa de inteligencia artificial o cualquier otro objeto digital. El software es un instrumento de quienes crean. 

Desde esta perspectiva, lo digital no es la causa de la ligereza, la fluidez o la movilidad, como tampoco el pincel lo es de las pinturas, el cincel de las esculturas o las estilográficas de las novelas. Es el autor, más que las herramientas que utiliza, el causante y la explicación de sus obras. 

Lo digital es artificial, pero no lo es su origen, que, a efectos de este artículo, etiquetaré como analógico. Eso me lleva a aplicar también este calificativo a lo humano, a conciencia de que constituye una licencia que espero se me perdone. Markus Gabriel, un joven y recomendable filósofo alemán, afirma con contundencia al principio de uno de sus libros, El sentido del pensamiento, que «el ser humano es un ser espiritual». Habrá quien no coincida. Al calificarlo solo como analógico me limito a sostener que no es digital, evitando así entrar en disquisiciones filosóficas que estarían aquí fuera de lugar.

Lo digital carece de vida. Las imágenes dinámicas que aparecen en el famoso Juego de la vida son fascinantes y sugerentes, pero no se nos escapa que no son parte de una  realidad viva, sino solo la consecuencia de un algoritmo bastante simple. Hablar de vida digital es, como mínimo, un abuso de lenguaje, por más que lo digital se utilice para emular o desplazar realidades analógicas, incluyendo algunas propias de lo humano, en una tendencia que parece ir a más. En cambio, la realidad de lo vivo no es digital, lo cual, aplicando de nuevo la licencia de lenguaje ya mencionada, me lleva a considerar también lo vivo como analógico.

Si consideramos como analógica la naturaleza de lo vivo, procede hacer lo mismo con sus transformaciones. Los muchos ejemplos de transformación que nos ofrece la naturaleza son muy ajenos a lo digital. Lo observamos en la evolución de las personas que nos rodean y si reflexionamos sobre nuestra vida: un bebé se transforma en niño, luego en adolescente, luego en una persona adulta, y luego, tal vez, en una anciana sabia. Las transformaciones de lo vivo cambian cualidades, no solo cantidades; se sitúan pues fuera del alcance de lo digital, que se limita a lo numérico o numeralizable.

No estoy negando el poder de lo digital como instrumento de transformación, incluso de comportamientos habituales. Por ejemplo, hay quienes sienten la necesidad de mantener su smartphone día y noche al alcance de la mano. Sin embargo, considerar que el móvil es la causa de este comportamiento es un error comparable al de creer que la cercanía de una botella es la causa de que alguien se emborrache.

La transformación en las empresas

Una organización es también un ente vivo. Su esencia, como la de sus transformaciones, es pues analógica. Según el profesor Ronnie Lessem en Developmental Management, podemos conceptualizar el funcionamiento de una organización como el resultado de la interacción dinámica de cinco elementos:

  1. su identidad y su propósito;
  2. su cultura;
  3. sus procesos;
  4. sus infraestructuras;
  5. la dirección o el liderazgo que armoniza los anteriores. 

Toda empresa nace con un propósito, aunque a veces la conciencia del mismo se diluye con el tiempo. Si esto sucede, si los empleados de una empresa no se vinculan a otro objetivo que el económico, su compromiso se debilita y el funcionamiento de la empresa se resiente. Un propósito valioso es cualitativo y no digitalizable, como explica el asesor en liderazgo Fred Kofman en La revolución del sentido.

La cultura de una organización puede definirse, según Edgar Schein en Organizational Culture and Leadership, como aquello que quienes pertenecen a ella han aprendido y consideran como válido para afrontar el reto de trabajar conjuntamente para sobrevivir en el mercado. Tratándose de creencias que condicionan comportamientos, la esencia de la cultura organizativa, al igual que la de su transformación, es analógica. Lo que a menudo se llama cultura digital es, en realidad, una cultura (acerca) de lo digital.

De modo análogo, es frecuente que se llame transformación digital a la que se limita a la aplicación de lo digital para transformar los procesos y la infraestructura de una empresa. Sin embargo, la experiencia de varias décadas de digitalización enseña que la implantación de una solución digital no es de por sí transformadora. Por poner solo un ejemplo, una  empresa en cuya cultura no esté asentada la atención al cliente no se transforma con solo instalar un CRM. Poner en marcha una web o rediseñar la existente puede no ser más que un cambio de imagen que no transforme para nada la empresa, aunque quizá desde fuera lo parezca y alguien desde dentro se lo crea. 

En conclusión, el origen de la transformación de algo vivo, ya sea una persona o una organización, es la voluntad de un futuro por alcanzar. La identidad de una organización se deriva de su propósito, la base de su funcionamiento está en su cultura, y la función del liderazgo es fomentar una cultura acorde con el propósito de la organización y sostenerla mediante procesos e infraestructuras coherentes. Las claves de la transformación real de una empresa son analógicas porque afectan, como mínimo, a uno de esos tres elementos —propósito, cultura y liderazgo—, todos ellos de naturaleza analógica.

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Ricard Ruiz
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